¿Una paella que pagamos todos?
La reunión anual del radicalismo mendocino estuvo condimentado con obligados, obsecuentes, chusmas, advenedizos y rentados y el imprescindible autobombo de «la década soñaba» necesario para hacerla digerible.
En General Alvear, el radicalismo se reunió, como lo hace cada año, para palmearse la espalda, escuchar a los de siempre, bailar al ritmo del autobombo y sobre todo, negar una realidad cada día más oscura para ellos y ya de un negro profundo para la sociedad mendocina.

Es que por más que el gobernador diga, mientras mastica algún que otro granito de arroz que le quedó entre los dientes, que el rumbo político y económico de la provincia es excelente y asegure que el radicalismo atraviesa «la década soñada», por ser la primera vez que el espacio logra gobernar Mendoza durante tres períodos consecutivos junto a sus aliados, la realidad se hace carne en una economía en pleno retroceso, con sueldos por debajo de la línea de flotación, con policías, personal de salud y docentes que renuncian o changuean de cualquier cosa para sobrevivir y dónde lo único que ha subido es el costo de lo esencial, y el importe de la pauta publicitaria.
El ya clásico plato español estuvo enmarcado por los popes del radicalismo provincial, encabezados por el gobernador Alfredo Cornejo, el presidente de la UCR mendocina y presidente de la Cámara de Diputados Andrés Lombardi y el intendente alvearense Alejandro Molero. Como es menester, también se los pudo ver en la mesa chica a la vicegobernadora Hebe Casado; a los ministros Tadeo García Zalazar y Mercedes Rus; al senador Martín Kerchner; y a los intendentes de Ciudad, Ulpiano Suarez; de San Martín, Raúl Rufeil; de Godoy Cruz, Diego Costarelli; de Tupungato, Gustavo Aguilera; y de San Carlos, Alejandro Morillas, última adquisición de Cornejo en su corte de obsecuentes. O sea, ninguno de ellos sigue los preceptos que enmarcara Don Alem cuando constituyó la UCR, ergo, ninguno es radical. Notoria fue la ausencia del diputado nacional Luis Petri, quien empieza a deslizarse por el tobogán del afecto mileísta con más incertidumbres que certezas cara a su postulación a gobernador el año que viene.
Cada uno de los mencionados acudió con su propio club de fans.
Contando con más / menos 400 personas en la cena, que a cambio del convite (mayoría de funcionarios o empleados de diversas reparticiones o municipios oficialistas), aplaudieron después de cada punto y seguido a las palabras de un gobernador, que en este tramo de la gestión, no puede prescindir de volver a enunciar logros obtenidos durante su primer mandato, porque seamos sinceros: no hay más. Cuando le tocó hablar a Lombardi, lo hizo simple: volvió a enunciar los mismos hitos que su jefe y habló de una gestión inmaculada, seria, capaz y bla bla bla bla bla, lo mismo de siempre y que hay que unirse y bla bla bla, pero obviamente a ninguno se les ocurrió hablar de aquello que angustiaba a la sociedad fuera de ese inmenso recinto, donde el plato costó $50.000 y dónde obviamente el pago fue realizado, en una u otra forma, por el Estado Provincial, o sea, nosotros.
La sociedad de Alvear, la del resto del sur, la del centro y la del norte de nuestra provincia aún espera por los tiempos de bonanza que nos prometieron allá por el 2015. No negamos lo bien hecho, pero abruma lo mal hecho, lo que aún siguen prometiendo, lo que han hecho mal; pero más que nada la constante agresividad de un gobierno ante cualquier manifestación en contrario, la cooptación de los otros poderes del Estado por el ejecutivo, la soberbia, la desidia y el destrato al que somete a la población de una provincia que ya sólo acepta en un 7% de sus integrantes a un gobernador que por su supervivencia política, cambia de orilla ideológica con más frecuencia que a sus calzones.
En resumen, nosotros, los de a pie, los que sostenemos económicamente al Estado, volvimos a pagar una de sus cenas de auto elogio. Siempre con la nuestra.
Luis Facundo De La Sorna

